La brecha de protección en Guatemala no se explica únicamente por cifras; tiene raíces económicas y culturales. La informalidad, la variabilidad de ingresos y la baja educación financiera limitan la demanda, porque muchas personas priorizan el gasto del día a día y perciben el seguro como algo “para después” o “para otros”. En numerosos hogares, el seguro aún se entiende como un lujo, un gasto adicional o una obligación que no se comprende del todo. Por ello, la masificación no se logra solo con más productos o más canales: requiere una estrategia de educación que explique el valor del seguro en términos simples, cercanos y verificables.

Hablar de valor implica aterrizar el mensaje a situaciones reales: ¿qué ocurre si un accidente impide trabajar durante una semana?, ¿qué sucede si una enfermedad genera un gasto inesperado?, ¿qué pasa si un incendio afecta un negocio?, ¿qué ocurre si se causan daños a un tercero? Cuando la conversación se centra en la continuidad económica del hogar y del trabajo, el seguro deja de verse como un documento abstracto y se entiende como una herramienta de protección. Además, la educación debe incluir un elemento fundamental: explicar con claridad qué cubre y qué no cubre, cuáles son los pasos para reclamar y cuáles son los tiempos esperados. La claridad reduce la frustración y, con el tiempo, construye confianza.

Un enfoque eficaz es profesionalizar a todos los actores que ofrecen seguros, independientemente del canal, para asegurar que la venta sea transparente y cuente con conocimiento suficiente. Esto aplica tanto para un asesor tradicional como para un canal digital, una plataforma o un punto de venta masivo. El consumidor necesita sentir que alguien le explica con honestidad, sin promesas exageradas ni letras pequeñas. Si la primera experiencia de compra es confusa, la persona no solo pierde confianza en un producto, sino en el seguro en general. Por ello, fortalecer la capacitación técnica, la ética comercial y la comunicación clara no es un complemento opcional, sino parte esencial del crecimiento sostenible.

La tecnología puede ampliar el alcance, pero no sustituye la necesidad de asesoría responsable. Una aplicación o un chatbot pueden facilitar la cotización, comparación y contratación; sin embargo, cuando el usuario tiene dudas o enfrenta un siniestro, requiere orientación y acompañamiento. La clave está en combinar lo mejor de ambos mundos: eficiencia digital para facilitar el acceso y atención humana o especializada para resolver dudas complejas y brindar tranquilidad en momentos críticos. Este equilibrio es especialmente relevante en un país donde muchos consumidores aún se están familiarizando con los conceptos aseguradores.

La educación puede escalar mediante plataformas digitales, redes sociales y programas formativos que lleguen a colegios, escuelas y universidades. Las campañas educativas deben ser breves, constantes y muy prácticas: cómo funciona un seguro, qué hacer en un siniestro, cómo elegir una cobertura, qué significa un deducible o qué es un beneficiario, entre otros temas básicos. Estos contenidos deben ser fáciles de entender y repetirse de manera estratégica, porque la cultura no se construye con una sola publicación, sino con un esfuerzo sostenido. Además, los programas formativos pueden sumar aliados clave, como centros educativos, cámaras empresariales, municipalidades, cooperativas y organizaciones comunitarias.

En este punto cobra relevancia el componente territorial. Guatemala es diversa, y la comunicación no puede ser uniforme. Adaptar mensajes, ejemplos y lenguaje —incluso por región e idioma— incrementa la comprensión y la relevancia. No es lo mismo explicar el seguro a un emprendedor urbano que a un productor agrícola; tampoco es igual dirigirse a alguien con ingreso fijo que a quien tiene ingresos variables. Por ello, la educación debe utilizar ejemplos que reflejen la vida cotidiana de cada entorno: riesgos climáticos en zonas vulnerables, riesgos de movilidad en áreas con alta accidentalidad, protección de inventarios en comercios o cobertura de salud para familias con gastos sensibles. Cuando las personas se ven reflejadas en el mensaje, lo escuchan y lo adoptan.

El objetivo final es convertir el seguro en un hábito de protección, comparable a cuidar la salud, revisar el vehículo o ahorrar para emergencias. Para lograrlo, se requiere coherencia: educación clara, venta transparente y un servicio que responda. Cuando el consumidor entiende el producto y experimenta una atención efectiva —especialmente en siniestros— la confianza crece y la demanda se vuelve sostenible. En síntesis, el crecimiento real se construye con una ecuación simple: educación, transparencia y buen servicio. Si esa base se fortalece, el seguro deja de ser una excepción y se convierte en parte natural de la vida económica de las familias y los negocios.

Asociación Guatemalteca de Instituciones de Seguros